Los árboles frutales tienen su sitio en todos los jardines. En primavera, su deslumbrante florescencia es un verdadero placer y sus frutas una delicia. Por tanto, no dudes en plantar árboles frutales en tu jardín, tanto por su calidad de árboles ornamentales como por su costado gourmet. Las formas y los tamaños son extremadamente variados, ya que existe una amplísima variedad de árboles frutales.

Pero lo que debes hacer es cerciorarte bien de que el tipo de árbol frutal que elijas es óptimo para la zona en la que te encuentras: las necesidades del árbol deben encajar con las condiciones de temperatura de tu zona. En una zona inapropiada el frutal no fructificará y la producción será nula o de mala calidad. También debemos prestar atención a las características del suelo en el que vamos a plantar el frutal. Éste debe poseer un buen drenaje, rico en materia orgánica, ser profundo, no ser salino ni tampoco tener un exceso de caliza.

Arboles frutales

Plantación de los árboles frutales

A los frutales les gusta generalmente una exposición soleada, tirando a semisombra. En la mayor parte de los frutales, la polinización es cruzada. Es decir, es una polinización que se produce de un árbol a otro. Por ello, normalmente es aconsejable plantar varios árboles frutales juntos. Por ejemplo, el melocotonero no necesita árboles al lado, ya que no necesita polinizadores. En cambio los manzanos o perales, por ejemplo, deben emplazarse junto a otros árboles que florezca más o menos al mismo tiempo y así los insectos acudan a ellos. De esta forma el árbol crecerá más sano, saludable y sus frutos más apetecibles y ricos.

Planta los árboles frutales preferentemente en otoño o principios de invierno, cuando no hiela. Coloca un buen fondo de estiércol en el agujero de plantación 15 días antes de plantar el árbol, para preparar bien la tierra. Fortalezca las raíces untándolas con una mezcla de lodo arcilloso. Antes de colocar el frutal clava en el fondo del hoyo una estaca, llamada “tutor”, que sujetará el frutal hasta que arraigue con fuerza. Llena el agujero de tierra y apílala regularmente con el pie para que no se formen bolsas de aire. Posteriormente riega abundantemente.